Una situación clínica encontrada en el seno de la protección judiciaria de la juventud, nos permite de abordar el tema de la radicalización violenta y el deseo de combatir durante la adolescencia. Las reivindicaciones de destrucción deberían entenderse como siendo parte de una problemática de fusión y de separación hacia lo maternal arcaico. En este contexto del periodo púber: de fragilidad del narcisismo y de identidad, la atracción de la guerra es como un recurso frente a la angustia arcaica de aniquilación.
Las guerras familiares, encuentran sus raíces en la ambivalencia de los vínculos afectivos. El amor y el odio no se excluyen el uno al otro: ellos cohabitan en una proximidad asfixiante. Los conflictos conyugales, las rivalidades fraternales, las expectativas imposibles alimentan las tensiones, que sin salida ellas, se transforman en afrontamientos durables. Para construirse, el joven debe oponerse y ello a veces violentamente. En esta lucha por la autonomía el hogar, se convierte en el teatro de una verdadera guerra de posiciones.
Este texto describe los primeros tiempos del tratamiento de un paciente esquizofrénico quien se oponía de manera violenta a ser sanado. Esta violencia, es comprendida como la imposibilidad de una relación de objeto, lo cual pone en peligro al Yo propio del paciente. La situación terapéutica, necesita que el objeto sea impuesto al paciente lo cual conlleva a una relación de tipo erotomaníaca. El fin de la guerra así impuesto toma diferentes formas. Lo que está en juego es finalmente, la problemática de la separación y la perdida.
A partir de la observación de Julien “curado” de su estado depresivo con anti depresores, nosotros interrogamos las reorganizaciones psíquicas consecutivas a esta aparente “normalización”; también demostramos que una elaboración depresiva entrabada puede paralizar el proceso adolescente. La desinhibición inducida por el tratamiento, lo expone a la violencia de su economía pulsional y a un paso al acto. Esta condición, puede inducir proyecciones paranoicas como una defensa para ocultar una posición homosexual pasiva y no elaborada.
¿Cómo es que una problemática depresiva puede fijarse en una depresión la cual si no es tratada puede a su turno convertirse en una patología más grave? Un tratamiento antidepresivo es justificado, pero si este no está asociado a una cura relacional conduce al adolescente, bien tratado, pero mediocremente curado, a una problemática de aspecto paranoico. Dos otros casos que fueron relatados en la prensa, ponen en evidencia ese riesgo evolutivo existente en el marco de un contexto social, en el cual no se deja de poner en relieve el ¡malestar adolescente!
¿Por qué la guerra? Ni hoy ni en la época de Freud el psicoanálisis ha podido responder. ¿Hasta qué punto se puede sostener la siniestra hipótesis de Freud de la existencia de una pulsión de auto aniquilación enraizada en las profundidades de la vida psíquica? Siguiendo la pista del “narcisismo” de pequeñas diferencia». Privilegiando el ejemplo de la guerra que Rusia libra contra Ucrania, intentaremos desarrollar la cuestión.
Proponiendo una modalidad de la erotización de la agresividad, la guerra forma una representación que puede constituirse en una fuerza de atracción durante la adolescencia. Ello porque se asocia el placer de la destructividad a una reivindicación narcisista exacerbada, ello puede constituir una fuente de excitación sexual importante. El trabajo clínico del terapeuta busca abrir otras vías diferentes al paso al acto de las fantasías que son igual de mortíferas como también autodestructivas.
Adolescence, 2026, 44, 1, 9-12.
Revue semestrielle de psychanalyse, psychopathologie et sciences humaines, indexée AERES au listing PsycINFO publiée avec le concours du Centre National du Livre et de l’Université de Paris Diderot Paris 7